Opinión – FMI: un acuerdo que no enamora

En épocas de Mundial, vale usar una frase futbolera para describir parte de lo que ocurre en el plano económico: igual que la Selección, la economía no enamora. Se perdió “ese no sé qué” –muchas veces definido como confianza y credibilidad- que despertó Macri hasta hace seis meses- y ni el acuerdo con el FMI logra recuperar la magia en la relación, al menos, con el mercado. Mucho menos con el resto de la sociedad.

No importa el sector, todos tienen –con razón- alguna queja fuerte: los industriales, por ejemplo, protestan por las tasas al 40% que, por supuesto, los paralizan y dejan a la actividad otra vez en la puerta de una recesión. El auxilio del Fondo Monetario y su consecuencia más inmediata, el ajuste, sólo es recibido entre ellos como un augurio de que lo peor todavía se puede extender un poco más. Y claro, fogonean cambios, políticas, de ejecución en las políticas y de ejecutores.

Entre los empresarios de comercio y ejecutivos del retail predomina el planteo por la alta carga impositiva, que los hace poco competitivos, y también por las tarifas, cuyo aumento muerde el bolsillo de los consumidores dejándolos sin margen para disponer de bienes y servicios que, hace un par de años, eran parte de un presupuesto básico que ahora los hogares empiezan a revisar (y recortar) con minuciosidad. Por supuesto, existe además, un efecto secundario: la suba del precio de la energía no impacta sólo en el consumo sino también en los costos, lo que deriva en la tercera queja absolutamente generalizada: la inflación.

Tal vez a los hombres del campo, uno de los grandes ganadores del actual modelo, es al que menos se escucha. Claramente, con un tipo de cambio por encima de los $ 26 y la confirmación de la baja de las retenciones, tienen mucho menos motivos. Aun así, es una realidad el lamento por la sequía, fenómeno que parece haber inaugurado la sucesión de desgracias que llegaron justo a tiempo para romper el ciclo neonato de crecimiento.

En contrapartida, son pocas, prácticamente inexistentes, las voces auto-incriminatorias. Las tasas por las nubes, está claro, impactan en toda la economía, no sólo en la industria en donde abundan aquellos referentes que consideran que generar empleo es condición y aporte suficiente, por lo que el Estado –en rigor, toda la sociedad- debe garantizarles el mercado, sin importar tanto el precio al que le vuelquen sus productos. Reducir la presión impositiva, es innegable, es uno de los grandes dilemas para lograr competitividad en tiempos de déficit fiscal récord. Y también lo es recuperar rentabilidad en épocas de vacas flacas. Lo plantean algunos pocos ejecutivos de grandes multinacionales: hay que lograr que los precios bajos sean rentables. No es, precisamente, la búsqueda que han iniciado la mayoría de los actores de la cadena minorista, en la que tras un período complejo, se abocaron a recuperar margen en vez de mercado.

En un escenario inestable, en el que lo único y lo peor que podía pasar para desbalancear el delicado equilibrio económico, basado hasta ayer en endeudamiento para estimular el crecimiento y reducir gradualmente el agujero voraz de las cuentas públicas, terminó sucediendo (el cierre del mercado de internacional de crédito), tampoco faltó la defensa férrea de beneficios obtenidos. “Somos los únicos que traemos dólares ¿cómo nos van a perjudicar?”, fue la respuesta contundente de los agroexportadores cuando trascendió un amague de diferimiento de la reducción mensual de las retenciones a la soja.

Los US$ 50.000 millones del FMI tal vez ayuden a apaciguar las aguas de un río revuelto en el que, sino ganancias, al menos todos los pescadores buscaron minimizar pérdidas. Pero también está claro que esa calma viene con una nueva propuesta bajo el brazo, tal vez más realista, seguramente más triste: el crecimiento es importante pero ya no lo es tanto mientras no haya un equilibrio entre gastos e ingresos, la inflación bajará rápido, pero ya no tan rápido, el empleo tampoco crecerá tanto, ¿crecerá?, y la evolución de la pobreza quedará en la más angustiante incógnita.

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